miércoles, 24 de octubre de 2012

Primera experiencia en Rabat


Hoy fue la fiesta del término del Ramadán, aquí en Marruecos. Y aunque nosotros no llevábamos el ayuno, si nos resultó bastante difícil este periodo ya que al no contar con nuestras cosas ni nadie más que nosotros mismos, nos hacia falta salir a comer, comprar cosas o simplemente conocer y pues todo estaba cerrado a las horas que nosotros podíamos salir.

Sin embargo, hoy puedo decir que es una gran oportunidad el poder conocer y vivir esta experiencia. Durante este tiempo, nuestra "gran diversión" o mas bien distracción, era salir en la tarde a caminar a una famosa calle peatonal muy cerca de la casa, la cual desemboca en una gran rotonda en la que suelen ir niños a jugar con bicis, patines, etc.. o como en nuestro caso, sólo a correr. Íbamos alrededor de las 5-6 pm por lo que todo estaba cerrado excepto una pastelería que era la única que vendía comida a niños y no musulmanes, así que nuestra rutina incluía comprar unos pastelitos, eso si, para llevar a casa porque esta mal visto comer en público durante el periodo del Ramadán. Alrededor de las 7 pm, cuando "sonaba" el fin del ayuno, todos desaparecían, Rabat se volvía una ciudad fantasma: nadie en las calles, ni siquiera policías, por lo que se volvía peligroso regresar a casa pero no por posibles robos o algo así, sino, por los muy probables accidentes ya que los pocos que circulaban a esas horas iban a toda velocidad hacia sus casas para por fin comer después de haber estado por lo menos 15 horas sin ingerir ningún alimento, ni agua y sin fumar. Así que fuera de algunos arrancones y motociclistas que aprovechaban la ausencia de la ley, nada se escuchaba, más que el ritmo de cubiertos acompañados de voces y risas que provenían de cualquier lado: casas, departamentos, comercios, incluyendo los restaurantes en los que comían los empleados pero que aún no estaban abiertos para el publico, sino como hasta las 9pm, que es cuando la ciudad volvía a vivir.

Y hoy ese renacer lo volvimos a sentir, al salir encontramos una ciudad completamente distinta: había gente, mucha gente. Y lo más importante y notorio: gente contenta. Los restaurantes y cafés abiertos, música por allá, risas por acá, y de pronto la alegría de los demás nos invadió y regresó la esperanza que habíamos perdido, era como encontrar el oasis en este desierto. Eric pensó en cuando llega el verano a Canadá, yo recordé Paris y los primeros días de sol después de un húmedo invierno.