Un año ha pasado desde que llegamos aquí a
Rabat, Marruecos, África, para residir, para establecernos, para vivir.
Un año que dejamos atrás nuestra cómoda
vida de México, nuestro desierto de asfalto y jungla de inseguridad. Un año que
dejamos nuestro inigualable país, nuestra tierra de sabores y gente amigable. Un
año que dijimos adiós a nuestra familia, nuestros amigos, nuestra casa y
venimos aquí para formar parte de la comunidad de expatriados.
“Expatriados” … una
palabra que siempre me ha sonado fuerte. ¿Es como si antes tenías patria y ahora no?
Para mí, perder mi patria era como perder una parte de mi, una gran parte
necesaria e importante; era como quedar al derivo, con todo y sin nada; sin
identidad, sin casa, sin hogar. Al final del año que transcurrió y después de
nuestro viaje a México, después de esa hermosa pausa, de esa toma de aliento y
de amor, siento que no he perdido mi patria, México sigue ahí, tan hermoso como
herido, tan grandioso como maltrecho, tan importante como polémico. Tanta gente,
tanta historia, tanta cultura, tanta comida deliciosa, no pueden perderse, no
pueden olvidarse, no pueden sino añorarse.
Dejar todo eso atrás resultó más difícil
de lo que llegué a imaginar. Nunca se me va a olvidar el primer día que llegamos
aquí. La casa hermosa, grande e imponente nos rodeaba con sus blancas y frías
paredes, sólo para hacernos sentir más el calor sofocante de afuera (el
termómetro marcaba 38 grados). Y digo que era imponente la casa porque así la
sentíamos nosotros, en nuestra pequeñez al sentirnos perdidos, desorientados,
solos. Era una soledad que pesaba al extremo pues se combinaba con el gran
cansancio que teníamos al no haber dormido durante el tiempo que duró el viaje.
Y es verdad que la casa era hermosa, recién construida, con grandes ventanales
y pisos de mármol. Su salón marroquí aunque moderno y vacío, se diferenciaba
del resto de la casa por sus paredes en tonos terracota y su techo decorado.
Algo que nos llamó la atención fue el hecho de que encontramos dos cocinas, una
en el piso de abajo y otra en el piso de en medio. Más tarde me explicaron que
eso es algo común en las casas marroquíes, ya que como suelen cocinar mucho,
ésta labor normalmente se lleva a cabo en el último piso o sótano y de esta
forma, dejando abajo los olores y trabajos, en la cocina de arriba, sólo se usa
para calentar o preparar el té. Pero así como resultaba interesante y agradable
a la vista recorrer la casa, al final del día volvíamos a sentirnos solos y
pequeños.
Y esa desorientación, esa tristeza, ese
vacío, duró mucho tiempo, demasiado diría yo. Fueron meses que no dejábamos de
pensar en nuestra vida anterior, en todo lo que habíamos dejado, en todo lo que
nos hacía falta y no parábamos de comparar lo de aquí con lo de allá. Obvio,
todos los puntos buenos los tenía México y no dábamos ni uno a Rabat. Esa
mentalidad nos estaba matando lenta y silenciosamente, porque así sin decir
nada, mirándonos unos a los otros nos perdíamos en nuestros pensamientos para luego
encontrarnos en un mejor lugar: nuestra rutina que habíamos dejado. Incluso
Phil con dos años y medio, acostado en el frio mármol, se quedaba por largo
tiempo sumido en sus pensamientos, o pasaba horas viendo los videos que
habíamos tomado en México, sobretodo aquellos en los que compartíamos bellos
momentos con la familia, en nuestra casa de campo, y sonreía al ver a sus
abuelos, sus primos, sus tíos y los perros de todos.
Habíamos llegado un miércoles 10 de
agosto, en medio del Ramadán, periodo de ayunos y sacrificios dentro del mundo
musulmán. Durante 29 o 30 días la vida de todo un país cambia radicalmente.
Desde que sale el sol, con la primera oración del día (Fayr) hasta el momento en que se oculta el astro, los musulmanes
tienen prohibido comer, beber, fumar y tener relaciones sexuales. En verano, en
esta parte del mundo, los días son tan largos como calurosos, así que realmente
resulta un sacrificio llevar el ayuno. Y de eso precisamente se trata el
Ramadán, de sacrificios, de abstinencia en varios sentidos, una forma de
acercarse a Dios y a sus prójimos.
Y es que este periodo por muy difícil que
nos parezca, es esperado por muchos creyentes: pues se trata de un momento de
purificación del cuerpo y del alma, se busca acercarse a Dios (las mezquitas
son visitadas con más frecuencia para los cinco rezos diarios), también se
pretende comprender a los pobres que sufren de hambre, se acercan más a la
familia, y en general es un periodo de fiesta.
Para nosotros este tiempo resultó
realmente difícil, ya que llegamos con sólo cuatro maletas a una casa grande que
aunque tenía algunos muebles distaba mucho de un hogar. Eric empezó a trabajar
el día siguiente de nuestra llegada y yo me quedaba con los niños en la casa
todo el día, sin juguetes ni auto pero con mucho sol como para no poder
disfrutar el jardín o los alrededores de la casa. De esta forma, tanto Phil
como yo tuvimos que explotar al máximo nuestra imaginación y lado creativo para
pasar las horas que a veces parecían ser eternas antes de que llegara papá (a
Pal, de 6 meses poco o nada le afectaba el cambio de casa y de ambiente). Después
de cenar salíamos todos juntos a caminar a una linda calle peatonal con
comercios bien cerrados por el Ramadán, con excepción de Paul, donde podíamos comprar unos deliciosos pastelillos. Dicha
calle, al final desemboca en una gran rotonda, en la hay algunas esculturas y
varios escalones, rampas y espacios que son usados por chicos y no tan chicos
para jugar con triciclos, bicicletas y patinetas. Nosotros sólo íbamos a pasar
el rato, a distraernos, tomar aire y lo más importante: Phil podía correr,
saltar y reír.
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