viernes, 23 de noviembre de 2012

1.2 Nueva escuela, nueva vida


Días después, en septiembre, Phil empezó la escuelita y de nuevo hubo desengaños y tristezas. Phil estaba acostumbrado a su guardería, con sus amigos, sus “misses” y profesores, pero sobretodo con su lengua y costumbres. Llegó aquí y pronto se dio cuenta que todo eso lo había perdido, en vez de sus clases de natación y sus clases de pintura que tanto disfrutaba se encontró en un lugar lleno de niños y tatis (cuidadoras) que hablaban algo que jamás había escuchado: el árabe marroquí o darija. También había unas educadoras que hablaban francés, que a pesar de que le era familiar no lo hablaba y lo entendía poco. De esta forma los primeros meses fueron muy difíciles para el pequeño pues además de todo, teníamos que caminar por más de veinte minutos para ir a la escuela ya que nuestro auto aún no llegaba, y de regreso eran otros veinte minutos pero bajo los rayos del sol. Pero mi niño nunca dijo nada, nunca se quejó, sólo el primer día de regreso a casa me abrazó y se le llenaron los ojitos de agua, pero como si fuera un valiente caballero, apretó la boca y siguió caminando, mientras yo iba recogiendo los pedazos de corazón que se me habían caído.

Pero como siempre nuestra imaginación y observación nos salvaban de la tediosa rutina, el primer día al salir de la casa nos topamos con una carreta jalada por un burro y durante dos o tres cuadras tuve que perseguir al jumento porque Phil quería saludarlo, al final nos detuvimos porque además de que nos alejábamos de nuestro camino, la señora que iba sobre tal vehículo no estaba muy contenta con nuestra actitud. Otro día escuchamos un gallo y de nuevo nos desviamos un poco para tratar de encontrarlo, sin éxito alguno. En alguna ocasión Phil decidió detenerse a barrer un poco la acera utilizando una rama de palmera, práctica que ya había observado; otro día, una rama de otro árbol, la uso de sombrilla para el sol. Y en múltiples ocasiones nos detuvimos a saludar a varios de los muchos gatos que rondan las calles de Rabat. Y mientras le contaba a Phil como los mininos ya habían desayunado y estaban listos para ir a la escuela o a otras tantas ocupaciones, el camino de pronto se hacia más corto y nos encontramos frente a la casa blanca que era su escuela. De regreso también usamos nuestra imaginación y en muchas ocasiones éramos dos abejas buscando flores para recolectar polen que posteriormente comeríamos con alguna de las tantas versiones de crepas que hay en la gastronomía de Marruecos.

Al poco tiempo encontró un buen amigo, Brieuc, un pequeño belga que tampoco comprendía a los niños marroquís; tal vez los dos se sintieron identificados al ser ambos extranjeros y/o expatriados, pero desde entonces son los mejores amigos y han acercado a las familias, intentando incluso que las pequeñas hermanas también sean amigas.

Un oasis en este tiempo resultó ser una escapada a un magnifico resort de playa en El-Jadida, una ciudad portuaria de la costa atlántica de Marruecos, como a dos horas de Rabat. Ahí, disfrutamos de magnificas instalaciones enmarcadas por un campo de golf y casa club con spa, pero con muy poca ocupación. Y como en Las mil y una noches (en ese caso apenas tres) me encontré viviendo en un palacio rodeado de palmeras y bellos atardeceres. Pero a diferencia de la bella Scherezade, mi cuento se nubló tanto por el mal tiempo del último día de nuestra estancia como por la discriminación por parte de algunos servidores, que sentimos en algunas ocasiones como extranjeros frente a los nacionales; fue la primera vez que comprendí que la percepción que tienen los marroquís hacia los extranjeros es muy distinta de la que tienen o tenemos muchos mexicanos. Lo cual no está del todo mal, pues es mucho mejor defender lo propio ante lo ajeno.

Nuestra primera llovizna de alegría fue el día en que recibimos lo que había salido por avión. En esta mudanza había prácticamente sólo cosas de los niños, pues bien sabíamos que era lo más importante y necesario. Y no hablo solamente de cosas para alimentación o vestir, sino también de juguetes. Así, dos meses después de que habíamos dejado nuestra antigua casa y con ella gran parte de nuestras cosas, por fin los niños pudieron tener unos cuantos juguetes más y no sólo los tres o cuatro que habíamos comprado aquí. De esta forma, Phil ya no se tuvo que conformar con la bici rosa que nos habían prestado, o con su brincolin que improvisó con un sillón de la sala, en el cual pasaba largos momentos saltando mientras todos cantábamos las canciones del soundtrack de Cars. Y después de bailar al ritmo de Route 66 o Life is a Highway, nos hundíamos de nuevo en nuestros pensamientos y estoy segura que todos regresábamos a nuestra vida anterior, mientras escuchábamos Our Town. Y es que aún ahora no puedo evitar sentir una enorme tristeza y hasta una especie de escalofrío en el cuerpo al escuchar esa triste canción de añoranza al pasado:

Long ago, but not so very long ago. The world was different, oh yes it was. … Time goes by, time brings changes, you change, too. Nothing comes that you can't handle, so on you go.

Tengo la impresión que los tres al escuchar esa canción nos sentíamos tan pequeños y solos, como una hoja en un rio, flotando a la deriva muy lejos del lugar donde cayó. Y es que no sólo era el ritmo triste de la canción ni las palabras que E y yo podíamos comprender, era también el recuerdo que un tiempo atrás los tres nos reuníamos algunas tardes en nuestra antigua casa a ver dicha película, misma que en esos instantes se encontraba en cajas viajando en barco junto con todas nuestras demás pertenencias.

Pero como no todo podía ser gris y obscuro, rápidamente recibimos invitaciones de los colegas de E y debo reconocerlo públicamente todos fueron y han sido muy amables con nosotros. Así, Phil encontró unos amigos que aunque más grandes que él, lo ayudaban a pasar un buen rato. Para los niños es más fácil adaptarse a cambios y nuevos entornos, sin embargo a Phil al principio le costó mucho trabajo, pues llegábamos a algún lado y no quería ni saludar; ahora después de un año y viendo que ya habla perfectamente francés y se ha vuelto totalmente desinhibido, he comprendido que su timidez extrema se debía simplemente a que no entendía y no era capaz de expresar nada en esa nueva lengua para él.

La verdadera lluvia de alegría fue el día en que llegaron por fin nuestras cosas. Un viernes 4 de noviembre vino a romper nuestra tediosa rutina. Seis hombres, todos sin hablar más que el árabe marroquí y aunque tal vez alguno hablaba también algún dialecto como el bereber, sólo uno o dos tenían nociones de francés, aún así fue fácil dirigirlos para que poco a poco fueran llenando los espacios vacíos con las más de 153 cajas que venían de México. Habían estado dos meses paradas en el puerto de Veracruz porque a decir de algún funcionario mexicano faltaba algún papel continuamente. Ese día era para nosotros una navidad adelantada y en especial para los niños, pues las primeras cajas que nos dedicamos a abrir eran las que contenían los juguetes. Phil no cabía de la emoción “ayudando” a abrir caja tras caja para después gritar con alegría el nombre del juguete que encontraba y jugaba un minuto con uno y dos con otro, regresaba con el primero y después buscaba otro. Su alegría se añadía a la nuestra y de pronto la casa brillaba más que nunca y poco a poco, al paso de varios días de abrir cajas y acomodar cosas, la casa tomó forma de un hogar por fin. Pero como se formó bien nuestro hogar es parte del siguiente capítulo de ésta, mi aventura …

No hay comentarios:

Publicar un comentario