jueves, 22 de noviembre de 2012

1.1 Primer Ramadán

Rápidamente nos dimos cuenta que durante el Ramadán, los comercios, restaurantes, oficinas y servicios cambian sus horarios, algunos de plano cierran, pero la mayoría en vez de abrir por la mañana, comienzan a trabajar cerca del medio día, cierran un par de horas a la puesta del sol cuando rompen el ayuno y dejan de operar muy entrada la noche. De estaba forma, en cuanto se ponía el sol y sonaba el fin del ayuno (con tiro de cañón y el aviso por los minaretes de las mezquitas), la ciudad despertaba y las pocas personas que andaban en las calles corrían a sus casas, los autos pasaban a alta velocidad (no había policías que pudieran detenerlos), y después de unos instantes reinaba de nuevo una tranquilidad absoluta en las calles, el ruido, el bullicio provenía de las ventanas abiertas de las casas y departamentos. Mientras nosotros caminábamos con cautela de regreso a casa, escuchábamos las risas y sonidos de cubiertos y vasos provenientes de cualquier lado, incluso los negocios que habían estado abiertos unos minutos antes ahora estaban cerrados mientras el personal comía y convivía adentro, hasta los guardias que cuidan edificios o calles, buscaban un lugar donde poder comer.

En alguna ocasión descubrimos con felicidad que media hora después de la llamada, había un restaurante que parecía abierto por lo que nos acercamos buscando comer y hacer algo distinto, pero poco duró nuestra alegría pues al entrar nos dijeron que empezarían a atender al público dos horas después, decepcionados regresamos a casa a comer nuestros pastelillos habituales. Y mientras nosotros disfrutábamos nuestro pequeño deleite, afuera en cada hogar marroquí, había una fiesta. Durante el mes que dura el Ramadán, cada noche, en cada casa, se sirve un verdadero banquete tipo bufet (f’tour, que significa desayuno en árabe dialectal) en las mesas redondas que están en el centro de un salón donde se reúne toda la familia a comer sentados en las bancas tradicionales que decoran las paredes. Es decir, aquí normalmente, los comedores y mesas con sillas no son requeridos, es mejor sentarse cómodamente en los sillones y mientras descansas ir llevando a la boca uno y otro bocado, sin hacer diferencia entre lo dulce y lo salado, al final todo es comida necesaria para poder llevar a cabo el ayuno del día siguiente. De esta forma en las mesas se suele encontrar la sopa marroquí (Harira) que es una mezcla de lentejas, verduras y carne, bastante rica en todos los sentidos, junto con bocadillos llamados briwats que son pequeños canapés rellenos con carne y vegetales en forma de triángulos o rollos. Pero también están los dulces, como los chebakias que son hechos con tiras de pasta de miel y rellenas de semillas de anís y almendras, entre otros ingredientes. Bocadillos dulces y salados se comen por igual, intercalando también algunos huevos duros. Nosotros tuvimos la oportunidad de asistir a una cena de este tipo, pues una familia nos invitó a convivir en su casa, lo cual no es muy común. Otros extranjeros para descubrir este tipo de gastronomía optan por los menús de los restaurantes abiertos hasta altas horas de la noche y que ofrecen básicamente lo mismo tipo bufet y en muchas ocasiones va acompañado de música en vivo. Algunos de estos negocios que habitualmente tienen permiso de vender alcohol (pocos son los lugares que cuentan con esta autorización), durante este periodo sólo tienen permitido venderlo a los no musulmanes. Algunos establecimientos a los que se suele ir a cenar, tomar un poco (o mucho) y divertirse, cierran sus puertas durante el Ramadán. En los supermercados existe una sección especial en la que se venden bebidas alcohólicas, sin embargo durante este periodo este apartado permanece cerrado y sólo en algunas ocasiones presentando tu identificación como extranjero, acceden a vender algunas botellas.

Después del f’tour (la copiosa comida con la que terminan el día de ayuno), los musulmanes vuelven a sus ocupaciones, los negocios vuelven a abrir, uno puede ir al salón de belleza, pagar algún servicio o ir de compras; podría decir que ir al cine también, pero no, eso es algo con lo que no contamos aquí, en Rabat. Más tarde, cerca de la media noche, cenan y van a dormir unas horas, pues justo antes de que salga el sol toman un refrigerio para después comenzar de nuevo el ayuno. Nosotros, debido a que los niños eran bastante pequeños nos perdimos esa parte del Ramadán, donde cada noche es una fiesta.

Los fines de semana tampoco eran muy emocionantes para nosotros, pues los dedicábamos a hacer las compras de la semana. Los supermercados resultaban bastantes hostiles y estresantes y aunque ahora comprendo a la gente que tenía que comprar comida sabiendo que aún faltaban horas para poder probar bocado, en el momento me resultaba un tanto incivilizado su comportamiento, pues además de malhumorados parecían tener tanta prisa que no les importaba pasar por encima de uno, aún si eso implicaba pegarte con el carrito o tratar de pasar antes que todos en las filas. Debo aclarar que estas actitudes si bien disminuyen en el resto del año, en gran parte de la población prevalecen, sobretodo en las calles, donde conducir resulta un tanto peligroso y sobretodo estresante y frustrante. Al manejar aquí te enfrentas a una serie de autos que parece que siguen su camino sin tomar en cuenta la existencia de otros vehículos o peatones.

Durante el Ramadán, como es lógico, los musulmanes no tienen el mejor humor durante el día, por lo que es frecuente observar discusiones en las calles. Al no comer, beber ni fumar durante varias horas y tener periodos de sueño muy cortos, es comprensible que los ánimos estén tan calientes como la temperatura de los días veraniegos, de esta forma, si algún extranjero no presta atención y come, bebe o fuma en público se arriesga a ser agredido verbalmente o ser mal visto como mínimo. Los únicos que pueden comer son los niños, las mujeres embarazadas y los enfermos. Igualmente a las mujeres nos recomiendan vestir “discretamente”.

Es curioso como ahora después de un año poco he podido conocer la cultura y costumbres de este país, pero creo que se debe a en parte a que en general, la gente no es muy abierta con los extranjeros. A diferencia de los mexicanos que a veces nos ganamos el adjetivo malinchistas, los marroquís en ocasiones resultan ser exactamente lo contrario. Esta es una de las razones por las que a veces resulta un poco difícil la adaptación al país. Y su indiferencia, desconfianza e incluso rechazo se pueden entender pues en realidad si somos diferentes. Y no me refiero sólo al color de la piel y el pelo, pues en muchos casos, como el mio, no somos tan diferentes. Se trata más de la vestimenta, en las calles, la gran mayoría de las mujeres portan con orgullo sus jellabas[1], al igual que algunos hombres; y en las fiestas, magníficos kaftanes[2] hacen juego con la ostentosidad de la celebración. Mientras tanto los occidentales nos empeñamos a seguir los dictados de la moda o la comodidad y salimos a la calle vistiendo jeans, playeras sin mangas e incluso shorts y faldas cortas, sin tomar en cuenta que esto a muchos musulmanes puede molestarles.

Cuando finalizó el Ramadán, para nosotros también fue un día de regocijo. Tanto la fecha del inicio de este periodo como el final del no son fijadas con anticipación. El calendario musulmán está determinado por la observación de la luna, por lo tanto todas las fiestas religiosas, incluyendo el mes de Ramadán, se definen un día antes en la noche, con la aparición de la luna. Debido a los ciclos lunares, el Ramadán, por ejemplo, se va recorriendo aproximadamente diez días cada año. Habitualmente, en Marruecos, el Ramadán y las fechas religiosas ocurren un día después que en Arabia Saudita.

De esta forma, ese miércoles 31 de agosto, desde temprano se sentía especial, días antes la gente se había preparado comprando los víveres necesarios para la gran cena y desde entonces se notaban más alegres, esperanzados. Cuando por fin sonó el fin del ayuno y del Ramadán, la gente y la ciudad habían cambiado drásticamente. Nosotros veníamos de regreso de nuestro paseo habitual y como de costumbre escuchamos el bullicio proveniente de departamentos y casas, platos, cubiertos y vasos chocando, pero ahora habían otros elementos: la música, risas y una gran alegría. En las calles habían grupos tocando, niños jugando y gritando, la gente salía por todos lados, más que contenta, exaltando su felicidad. Y poco a poco esa alegría nos contagió y cuando entramos a casa ya éramos otros, esperanzados y confiados en un mejor porvenir; y esa noche todos dormimos con una sonrisa en la boca y planes en la mente.

El fin del Ramadán se celebra con la fiesta del Aid el Fitr. En este día y el siguiente, ningún musulmán trabaja, todos los negocios y servicios están cerrados; y muchos permanecen así por varios días.







[1] Túnicas holgadas que cubren desde el cuello hasta el tobillo. Se utilizan para salir a la calle y se llevan encima de la ropa retirándose al llegar al lugar de destino. Tanto hombres como mujeres las utilizan aunque tienen algunas diferencias como los colores y adornos. Aunque casi todas las jellabas cuentan con capucha, pocas veces es utilizada, sobretodo en el caso de las mujeres que optan por cubrirse el pelo con un pañuelo o velo.
[2] Muy parecidos a los anteriores, pero por lo general más elaborados y elegantes y sin capucha. Existen muchas variantes de esta vestimenta, que generalmente es usada en grandes ocasiones como las bodas.

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